On Work, Part 4 -- Sobre el Trabajo, Parte 4
Texto en Español sigue del texto en Inglés
During
my tenure as president of the Disability
Action Group (DAG), I received recurring comments or questions about workplace
flexibilities. Different offices had different rules about telework according
to the position, duties, etc., and was generally limited to one day a week. The comments
and questions I received mostly had to do with how to expand those
flexibilities – individuals with disabilities often ran through leave faster,
whether for medical appointments, equipment repair, issues with transportation…
the list went on. The impression I got (applicable both in and out of government) was that there could not possibly be a
wider-spread implementation of telework: networks might crash, accountability might be more difficult, productivity would go down significantly. On some
level maybe this made sense. Maybe millions of people going online remotely at the
same time would crash systems or networks. Maybe it really “couldn’t” be done.
Then of course, COVID came along, and an enormous part of the government (and the
private sector) went online seemingly overnight. Not everyone,
and not always equitably. Unfortunately,
many people saw or experienced first-hand how the “heroic” label applied to grocery
store employees, healthcare workers, warehouse employers, and others did not
necessarily translate into actual benefits, pay increases, increased health
protections, or even respect. It was also clear these
increased flexibilities were making it at least somewhat easier for individuals with disabilities
(specifically) and others (more broadly) to get work done, while balancing the
already complex existence of disability. On the whole, however, the whole “we just can’t” argument seemed to have some holes poked
in it, especially
around productivity. In fact, I started to hear that not only was telework not hugely impacting productivity, but there were also significant
additional benefits to the mass work-from-home approach: less traffic,
consolidation of space, smaller environmental footprint, and at a time when
schools and daycares were also running on unpredictable schedules, the ability
to maneuver complicated caregiving and family timetables. The sell was pretty compelling,
and it seemed like every IT office in town was getting some award for having
pulled off the “mass office-home migration” of hundreds of thousands (if not
millions) of people in a very short period of time.
Now,
five-ish years later, I see with equal amusement and sadness how “we can’t” has
turned into “we won’t.” The varied and expansive promises and benefits of
remote work have turned into either vague statements about the benefits of "in-person teamwork" (even as many teams now consist of individuals spread out across different cities or states), the need to stimulate local economies through buying
lunches and coffees, bills in Congress about getting federal employees back in the
office, or depictions of remote work as lazy or morally questionable (at best)
and wrong (at worst).
To my vague knowledge, this has resulted in unexpected complications – old buildings that have not been repaired and made more accessible that still pose challenges for individuals with disabilities. In addition, requests for reasonable accommodations have increased significantly as employees try to figure out how to adjust both office and telework spaces to their needs. Finally, as usually happens, flexibilities that benefitted individuals with disabilities, such as remote work, also worked for parents and caregivers helping elderly family members or those with disabilities. The reduction and uncertainty surrounding these flexibilities has become a true concern for a significant number of employees, and that is too bad.
It
certainly saddens me that rather than build on the hasty-yet-effective
structures we started to explore, we instead seem obsessed with dismantling
them. It also simply strikes me as one more in a string of about-faces related
to disability, where an initial inability to make the world
accessible can quickly turn into an unwillingness to do so.
ESPAÑOL
Durante el periodo que fuí presidente del Grupo
de Acción para la Discapacidad en mi lugar de trabajo, recibí muchas
preguntas y comentarios acerca de las flexibilidades laborales (horario, trabajo
desde casa) que habían. Diferentes oficinas y subsecretarías tenían reglas
diferentes de acuerdo al puesto, responsabilidades, etc., pero generalmente se nos
permitía trabajar desde casa un día a la semana. Muchas preguntas y comentarios
que recibí tenían que ver con la expansión de éstas flexibilidades – sobre todo
porque muchas personas con discapacidad utilizan con mas rapidez sus días de vacaciones
o de permiso médico, ya sea por citas médicas, composturas de su equipo médico,
problemas con el transporte público o el paratránsito para personas con
discapacidad… la lista es extensa. Al comenzar mi carrera, la impresión que
tenía (tanto en el sector público como el privado, a grandes rasgos) era que
sería imposible ampliar éstas flexibilidades, y sobre todo el trabajo remoto:
las redes se caerían, no habría suficiente supervisión, y la
productividad caería precipitosamente. En el momento, quiza esto tenía
sentido. Quizá millones de personas trabajando remotamente en línea al mismo
tiempo, haría caer los sistemas. Era posible que en realidad esto “no se podría”
lograr.
Luego, con la llegado de la pandemia, una
parte enorme del gobierno (y del sector privado) iniciaron a trabajar de casa casi
de un día para otro. No todos, y por supuesto, aún donde sí hubo esa
flexibilidad, no siempre sucedió de manera equitativa. Además, desafortunadamente,
muchas personas vieron o vivieron de primera mano cómo el personal declarado “heroico”
– el personal en los comercios, de salud, de logística, y otros, no
necesariamente recibieron aumentos de salario, beneficios, protecciones de
salud, o respeto siquiera. Lo que sí estaba quedando claro es que éstas
flexibilidades sí hacían más fácil el poder equilibrar el trabajo y la compleja
existencia para las personas con discapacidad (específicamente) y para otras
personas (en general). En ese sentido, comenzaban a aparecer fisuras en el
argumento generalizado del “no se puede” con respecto a la expansión de ciertas
flexibilidades. Esto incluso en lo que respecta a la
productividad. Es más, a veces escuchaba sobre los
beneficios "por extensión del trabajo remoto: menos tráfico y congestión,
consolidación de espacio en los edificios, menor huella ambiental, y en un
entorno donde las escuelas y guarderías también trabajaban en horarios impredecibles,
o cerraban frecuentemente, la habilidad de sortear horarios de cuidados. Es más, casi todas las oficinas de soporte técnico parecieron recibir premios y aclamaciones de manera casi simultánea por haber apoyado la “migración en
masa” hacia el home office de miles (si no millones) de personas en un periodo
de tiempo muy corto.
Ahora, habiendo pasado mas o menos cinco
años, veo con igual medida de diversión como de tristeza cómo el “no podemos” se ha convertido en “no
queremos.” Los variados y complejos beneficios del trabajo remoto se han transformado en declaraciones vagas sobre los beneficios del "trabajo en equipo
presencial" (aún cuando muchos equipos ya consisten de personas dispersas en ciudades o estados diferentes), la necesidad de estimular la economía local a
través de la venta de cafés y comida, propuestas de ley en el congreso para
obligar el trabajo presencial, y las caracterizaciones del trabajo remoto como
moralmente cuestionable (en el mejor de los casos) o moralmente reprensible (en
el peor de los casos).
A mi parecer y vago conocimiento, esto también ha llevado a dilemas inesperados – edificios viejos que no han sido reparados o hechos más accesibles para personas con discapacidad., Además, se ha visto un aumento en pedidos para la adaptación razonable de espacios tanto en la oficina como en el hogar para empleados con discapacidad. Como sucede generalmente, las flexibilidades que beneficiaron a individuos con discapacidad, como el trabajo remoto, también impactaron positivamente a madres y padres de familia sorteando horarios escolares, tareas, y tiempo con sus hijos e hijas. Igualmente funcionaron para las personas que cuidan de familiares mayores o personas con discapacidad. La disminución e incertidumbre respecto a estas flexibilidades es una lástima en mi opinion
Me entristece que en lugar de construir
sobre las estructuras (creadas a prisa pero efectivas) que comenzábamos a explorar, nos obsesiona el destruirlas y regresar a lo que había antes.
También me parece una más en una serie de vueltas-atrás que tan frecuentemente existen con respecto a la discapacidad. Lo que muchas veces comienza como la “inhabilidad” para hacer del mundo un lugar
más accesible se converte rápidamente en la renuencia por intentarlo siquiera.
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